sábado, 20 de julio de 2013

Profesionalización docente: Consideraciones Sociológicas. (Ensayo)

        
         INTRODUCCIÓN

Sociológicamente, es pertinente presentar el tema desde una perspectiva cuyo eje central es el docente. Transitando el S XXI, se observa como la tarea del enseñante no deja de complejizarse a la vez que el prestigio social de su actividad tiende a disminuir. Esta situación angustia y decepciona, el docente necesita definir un rumbo y lo busca en su universo de posibilidades. La situación obliga a ver la función como una cuestión de habilidades, de experiencias, como una construcción individual que se logra a partir de enlazar elementos sueltos e incluso contradictorios que se hacen presentes en el contexto educativo.

DESARROLLO
Algunos analistas contemporáneos sostienen que el problema de la profesionalización docente tiene que ver con el control de la autonomía en el ejercicio de la actividad, sobre el desarrollo del oficio, abriendo el debate desde diferentes sectores con expectativas e intereses creados sobre ello. Comprender la incidencia de las transformaciones sociales y las lógicas que subyacen a las estrategias de profesionalización docente a partir de argumentos de Tenti Fanfani y Vincent Long, aportan claridad al asunto. En este sentido, se enfrentan dos tipos o modelos de profesionalización. Uno que mantiene la herencia del modelo que le dió origen al sistema educativo, el otro un modelo orgánico que se corresponde a la nueva versión capitalista transferida a la educación.
Necesariamente, ha de recordarse cómo se configura el rol con el surgimiento del sistema educativo a fines del S XIX. Sabemos que la profesión docente se ha conformado en base a un modelo organizacional burocrático, ocupando un lugar determinado en la estructura jerárquica y centralizada dispuesta por el Estado. Tiene que pensarse en un maestro definido entre apóstol y funcionario. La enseñanza pensada como el ejercicio de una misión altruista (la de formar al ciudadano moderno, patriota de corazón, pregonero de hábitos y costumbres socialmente correctas, etc.) versus enseñanza como ejercicio desarrollado bajo estricto control, instructivos detallados y reglamentos prolijos que han enmarcado el cumplimiento efectivo de las normas. La metáfora del apóstol sostiene la creencia del buen maestro, que brinda con certezas un instrumento liberador; considerado como funcionario, no había lugar para el ejercicio de la autonomía en un modelo burocrático. La docencia ha sido considerada una cuasi-profesión pues el docente ostenta un título que otorga cierta exclusividad en el dominio del saber enseñar, pero es ejercido y desarrollado en organizaciones numerosas y sin derecho de admisión para con los destinatarios de la actividad, puede decirse que en el ámbito escolar ha sido siempre una profesión sometida. Aquella realidad, favoreció la integración de la docencia en una identidad común, le otorgó “unidad” que más tarde asumiría fortaleza en lo colectivo.
 A partir de las reformas de los años noventa, se menciona la implementación de un modelo post-burocrático (o burocracia degradada) generado por el capitalismo internacional, desplegado en las intenciones del Estado nacional moderno sobre su estructura educativa. Es una etapa en que las sociedades de control[i] comienzan a reemplazar las organizaciones disciplinarias tradicionales, el Estado reestructura su intervención incluyendo en el trabajo docente mecanismos de medición y evaluación de eficiencias, uso de recursos y autonomías.
Según Luck Boltanski y Eve Chiapello[ii], en su fase actual el capitalismo ha encontrado un nuevo espíritu persuasivo, que induce a los individuos a implicarse en las organizaciones de producción, se reapropian del sentido de su trabajo, integran equipos y generan proyectos dirigidos a un fin determinado. En nuestro caso, el educador se apropia del sentido de sus prácticas, hace suyo el desafío, se proyecta convencido del impulso de cambio que representa. Paradójicamente, lo complejo de una realidad globalizada, vuelve más concreta la tarea docente, ya que quien ejecuta la acción usa no solo sus competencias genéricas sino que compromete también sus aptitudes personales, sus convicciones, desafíos, todo su ser se expone para habitar el “ahí pedagógico”[iii], pero también para hacerse beneficiario de las recompensas otorgadas por el poder de turno al rendimiento personal. Reflexionado de esta manera, la docencia es un trabajo sin producto, es pura performance que depende ya no tanto del sistema como del mismo educador.
Si de la complejidad de la tarea educativa se habla, no puede dejar de mencionarse tanto la masificación del alumnado como la diversidad que presenta, ya que es un factor que condiciona completamente la profesión docente y es un punto de encuentro o quiebre tripartito: el contenido curricular, el saber docente y lo que los alumnos desean. En el mejor de los casos representa un encuentro de aprendizajes cooperativos; pero también existe el peor de los casos y ése es el gran dilema, que es cuando las personas están excluidas socialmente, o cuando la experticia o competencias desarrolladas por el docente no alcanzan para abordar la clase diversa, o superpoblada, o sin recursos, o sin estructura acorde, o con hambre, o… etc. El disparador hacia la formación profesional permanente en estos casos – que son lo más – se llama presión, presión sobre el cuerpo y el alma del maestro. ¿Cómo contener y retener, enseñar y desarrollar conocimientos y experiencias significativas en pos de una realidad que de todos modos ya los está dejando fuera? ¿Para qué sirve la educación si la igualdad escolar es solo un concepto y la igualdad real el sueño de Emmanuel Kelly? La presión obliga al docente a hacerse cargo de la situación, hace lo que hay que hacer para no perder la identidad de trabajador social, esa unidad que lo legitima tanto como antes lo legitimaba la vocación. El docente se adapta y apuesta a la educabilidad, coexiste junto a la inflación pedagógica[iv]. Aún así, el esfuerzo no le garantiza salir airoso de la crisis de autoridad que el contexto plantea dentro y fuera de la escuela; todavía queda encontrar estrategias para congeniar con las familias que ya no responden a la familia nuclear que acompañó al paradigma educativo fundante. Ahora, con otras prioridades, la familia no representa un apoyo escolar seguro, a veces se constituye como veedora incisiva de la tarea docente o por el contrario, totalmente ajena a sus miembros estudiantes.
Los modelos educativos que se mencionan, como toda idea política son conceptuales, significa que en la práctica no es posible su implementación pura dada la misma complejidad del campo social. En el Estado con facetas de benefactor, los oficios públicos tienen la característica de oscilar entre la transmisión de saber y la atención social. Actualmente, dos polos movilizan el tema educativo: lucha por la eficiencia (priorización instrumento-fin) o lucha por el sentido de la educación (énfasis en lo cultural y político). Algunos profesores como Francois Dubet proponen un compromiso que es intermedio entre ambos polos. Éste lo define entre un modelo management donde el alumno es cliente, existe una demanda y una atención autónoma y eficiente; y un modelo republicano en el cual la educación es para todos, el conocimiento es un derecho y la escuela integra. Para cada modelo el docente ejerce una profesionalidad diferente, en el primero es un experto (pedagogo, cientificista, tecnólogo) y en el segundo es un movilizador social (mediador, político, abierto). El docente ha de desarrollarse para funcionar en ambos registros, para responder al control y la estructura administrativa como también para atender la emergencia concreta del día a día.

[i] (1990) Gilles Deleuze
[ii] (1999)
[iii] Jorge Medina
[iv] Es adaptar las prácticas a las características de los aprendices sin bajar el nivel de exigencia. (Dubet)

         CONCLUSIÓN
      Todos los cambios y transformaciones surgidas tanto en lo social como en el rol docente, han llevado a éste a una crisis de identidad profesional, en la que incluso la misma vocación se reflexiona diferente, ya no se reconoce como innata ni tampoco gratuita. Pero está claro que como trabajo que involucra persona a persona, conlleva un compromiso ineludible con el otro que va más allá del simple ejercicio profesional, y como reminiscencia de la vieja vocación tendrá que ser un componente de aquella articulación que logre integrarla junto a la profesión y al rol político del educador, que como intelectual colectivo[i] estará negociando desde los intereses legítimos del cuerpo docente con los intereses generales de la sociedad.


[i] Tenti Fanfani

Fuente:
Emilio Tenti Fanfani (compilador).
EL OFICIO DE DOCENTE: VOCACIÓN, TRABAJO Y PROFESIÓN EN EL SIGLO XXI – “Profesionalización docente: consideraciones sociológicas.” Pág. 119 (Comentarios a la ponencia del profesor Vincent Lang titulada “La construcción social de las identidades profesionales de los docentes en Francia. Enfoques históricos y sociológicos” publicada en el mismo libro.) - 2006 - Bs. As. – Siglo XXI Editores Argentina S.A.

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