INTRODUCCIÓN
Sociológicamente, es
pertinente presentar el tema desde una perspectiva cuyo eje central es el
docente. Transitando el S XXI, se observa como la tarea del enseñante no deja
de complejizarse a la vez que el prestigio social de su actividad tiende a
disminuir. Esta situación angustia y decepciona, el docente necesita definir un
rumbo y lo busca en su universo de posibilidades. La situación obliga a ver la
función como una cuestión de habilidades, de experiencias, como una
construcción individual que se logra a partir de enlazar elementos sueltos e
incluso contradictorios que se hacen presentes en el contexto educativo.
DESARROLLO
Algunos analistas
contemporáneos sostienen que el problema de la profesionalización docente tiene
que ver con el control de la autonomía en el ejercicio de la actividad, sobre
el desarrollo del oficio, abriendo el debate desde diferentes sectores con
expectativas e intereses creados sobre ello. Comprender la incidencia de las
transformaciones sociales y las lógicas que subyacen a las estrategias de
profesionalización docente a partir de argumentos de Tenti Fanfani y Vincent
Long, aportan claridad al asunto. En este sentido, se enfrentan dos tipos o
modelos de profesionalización. Uno que mantiene la herencia del modelo que le
dió origen al sistema educativo, el otro un modelo orgánico que se corresponde
a la nueva versión capitalista transferida a la educación.
Necesariamente, ha de
recordarse cómo se configura el rol con el surgimiento del sistema educativo a
fines del S XIX. Sabemos que la profesión docente se ha conformado en base a un
modelo organizacional burocrático, ocupando un lugar determinado en la
estructura jerárquica y centralizada dispuesta por el Estado. Tiene que
pensarse en un maestro definido entre apóstol y funcionario. La enseñanza
pensada como el ejercicio de una misión altruista (la de formar al ciudadano
moderno, patriota de corazón, pregonero de hábitos y costumbres socialmente
correctas, etc.) versus enseñanza como ejercicio desarrollado bajo estricto
control, instructivos detallados y reglamentos prolijos que han enmarcado el
cumplimiento efectivo de las normas. La metáfora del apóstol sostiene la
creencia del buen maestro, que brinda con certezas un instrumento liberador;
considerado como funcionario, no había lugar para el ejercicio de la autonomía
en un modelo burocrático. La docencia ha sido considerada una cuasi-profesión
pues el docente ostenta un título que otorga cierta exclusividad en el dominio
del saber enseñar, pero es ejercido y desarrollado en organizaciones numerosas
y sin derecho de admisión para con los destinatarios de la actividad, puede
decirse que en el ámbito escolar ha sido siempre una profesión sometida.
Aquella realidad, favoreció la integración de la docencia en una identidad
común, le otorgó “unidad” que más tarde asumiría fortaleza en lo colectivo.
A partir de las reformas de los años noventa,
se menciona la implementación de un modelo post-burocrático (o burocracia
degradada) generado por el capitalismo internacional, desplegado en las intenciones
del Estado nacional moderno sobre su estructura educativa. Es una etapa en que
las sociedades de control[i]
comienzan a reemplazar las organizaciones disciplinarias tradicionales, el
Estado reestructura su intervención incluyendo en el trabajo docente mecanismos
de medición y evaluación de eficiencias, uso de recursos y autonomías.
Según Luck Boltanski y
Eve Chiapello[ii],
en su fase actual el capitalismo ha encontrado un nuevo espíritu persuasivo,
que induce a los individuos a implicarse en las organizaciones de producción,
se reapropian del sentido de su trabajo, integran equipos y generan proyectos
dirigidos a un fin determinado. En nuestro caso, el educador se apropia del
sentido de sus prácticas, hace suyo el desafío, se proyecta convencido del impulso
de cambio que representa. Paradójicamente, lo complejo de una realidad
globalizada, vuelve más concreta la tarea docente, ya que quien ejecuta la
acción usa no solo sus competencias genéricas sino que compromete también sus
aptitudes personales, sus convicciones, desafíos, todo su ser se expone para
habitar el “ahí pedagógico”[iii],
pero también para hacerse beneficiario de las recompensas otorgadas por el
poder de turno al rendimiento personal. Reflexionado de esta manera, la
docencia es un trabajo sin producto, es pura performance que depende ya no
tanto del sistema como del mismo educador.
Si de la complejidad de
la tarea educativa se habla, no puede dejar de mencionarse tanto la
masificación del alumnado como la diversidad que presenta, ya que es un factor
que condiciona completamente la profesión docente y es un punto de encuentro o
quiebre tripartito: el contenido curricular, el saber docente y lo que los
alumnos desean. En el mejor de los casos representa un encuentro de
aprendizajes cooperativos; pero también existe el peor de los casos y ése es el
gran dilema, que es cuando las personas están excluidas socialmente, o cuando
la experticia o competencias desarrolladas por el docente no alcanzan para
abordar la clase diversa, o superpoblada, o sin recursos, o sin estructura
acorde, o con hambre, o… etc. El disparador hacia la formación profesional
permanente en estos casos – que son lo más – se llama presión, presión sobre el
cuerpo y el alma del maestro. ¿Cómo contener y retener, enseñar y desarrollar conocimientos
y experiencias significativas en pos de una realidad que de todos modos ya los
está dejando fuera? ¿Para qué sirve la educación si la igualdad escolar es solo
un concepto y la igualdad real el sueño de Emmanuel Kelly? La presión obliga al
docente a hacerse cargo de la situación, hace lo que hay que hacer para no
perder la identidad de trabajador social, esa unidad que lo legitima tanto como
antes lo legitimaba la vocación. El docente se adapta y apuesta a la
educabilidad, coexiste junto a la inflación pedagógica[iv].
Aún así, el esfuerzo no le garantiza salir airoso de la crisis de autoridad que
el contexto plantea dentro y fuera de la escuela; todavía queda encontrar
estrategias para congeniar con las familias que ya no responden a la familia
nuclear que acompañó al paradigma educativo fundante. Ahora, con otras
prioridades, la familia no representa un apoyo escolar seguro, a veces se
constituye como veedora incisiva de la tarea docente o por el contrario,
totalmente ajena a sus miembros estudiantes.
Los modelos educativos
que se mencionan, como toda idea política son conceptuales, significa que en la
práctica no es posible su implementación pura dada la misma complejidad del
campo social. En el Estado con facetas de benefactor, los oficios públicos
tienen la característica de oscilar entre la transmisión de saber y la atención
social. Actualmente, dos polos movilizan el tema educativo: lucha por la
eficiencia (priorización instrumento-fin) o lucha por el sentido de la
educación (énfasis en lo cultural y político). Algunos profesores como Francois
Dubet proponen un compromiso que es intermedio entre ambos polos. Éste lo
define entre un modelo management donde el alumno es cliente, existe una
demanda y una atención autónoma y eficiente; y un modelo republicano en
el cual la educación es para todos, el conocimiento es un derecho y la escuela
integra. Para cada modelo el docente ejerce una profesionalidad diferente, en
el primero es un experto (pedagogo, cientificista, tecnólogo) y en el segundo
es un movilizador social (mediador, político, abierto). El docente ha de
desarrollarse para funcionar en ambos registros, para responder al control y la
estructura administrativa como también para atender la emergencia concreta del
día a día.
[i]
(1990) Gilles Deleuze
[ii]
(1999)
[iii]
Jorge Medina
[iv]
Es adaptar las prácticas a las características de los aprendices sin bajar el
nivel de exigencia. (Dubet)
CONCLUSIÓN
Todos
los cambios y transformaciones surgidas tanto en lo social como en el rol
docente, han llevado a éste a una crisis de identidad profesional, en la que
incluso la misma vocación se reflexiona diferente, ya no se reconoce como
innata ni tampoco gratuita. Pero está claro que como trabajo que involucra
persona a persona, conlleva un compromiso ineludible con el otro que va más
allá del simple ejercicio profesional, y como reminiscencia de la vieja
vocación tendrá que ser un componente de aquella articulación que logre
integrarla junto a la profesión y al rol político del educador, que como intelectual
colectivo[i]
estará negociando desde los intereses legítimos del cuerpo docente con los
intereses generales de la sociedad.
[i]
Tenti Fanfani
Fuente:
Emilio
Tenti Fanfani (compilador).
EL OFICIO DE DOCENTE: VOCACIÓN, TRABAJO Y PROFESIÓN
EN EL SIGLO XXI – “Profesionalización docente: consideraciones sociológicas.”
Pág. 119 (Comentarios a
la ponencia del profesor Vincent Lang titulada “La construcción social de las
identidades profesionales de los docentes en Francia. Enfoques históricos y
sociológicos” publicada en el mismo libro.) - 2006 - Bs. As. – Siglo XXI Editores Argentina S.A.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.