sábado, 5 de julio de 2014

Escrito inspirado en "Educar: Ese acto político" (Graciela Frigerio – Gabriela Diker).


         EL CAMBIO Y SU DISCURSO EN EL UMBRAL DE LO POSIBLE

Las innovaciones difícilmente tienen impacto contundente y positivo como se pretendería en el tema de los excluidos por inclusión. Por un lado, la transmisión excluidora es invisible - como sostiene Gabriela Diker - por lo tanto si no hay un trabajo en equipo que habilite múltiples miradas, los indicadores de la exclusión silenciosa que se está operando son reflexionados cuando el tiempo escolar terminó, y los cambios llegan tarde para este caso. Por otra parte, es necesario que el engranaje escuela funcione como un sistema coordinado cuya centralidad siempre, siempre, siempre sea el alumno. Pero el alumno comprendido en su contexto e interpelado por la didáctica, para construir junto al docente caminos inéditos (y tal vez para ambos) hacia los objetivos que se han propuesto. No es poco probable escuchar, que alumnos que han podido brincar sobre sus dificultades para aprender, han encontrado maestros que han brincado con ellos por sobre las estructuras añejas del sistema educativo.
El uso en los discursos de política educativa, de términos vinculados a innovación, tecnologías, alumnos del S XXI, no tiene nada de ingenuo; porque además de ser aspiraciones globales, son expresiones de alto impacto cuanto mayor es la brecha social que se pretende cubrir. Es decir, cuanto más paupérrima es la situación de los excluidos que se pretenden incluir. En este punto, la Pedagogía tiene que inspirar expresiones que persuadan al respecto del verdadero cambio que el sujeto alumno del siglo comenzado está desarrollando, porque a pesar de que un mensaje pseudo-nostálgico circula y permanece, aquella novedad llegó para quedarse y no se moldea ni prescribe porque es una novedad líquida.
Si se atiende una realidad normalizadota desde el análisis propuesto por la autora e invirtiendo el sentido pedagógico, podrían resultar como sugerencias para el docente:
  1. Escuchar y mirar a los ojos para leer la realidad del alumno, para que la conexión se defina con claridad y posibilite un vínculo de enseñaje entre las personas. (lo real)
  2. Desear una meta, identificar un recorriendo, disfrutar ese trayecto y compartirlo. (lo deseable)
  3. Aceptar que lo imprevisto, lo improbable y la pregunta sin respuesta también son parte de la tarea, no como obstáculos sino como puentes hacia paisajes diferentes del camino. (lo imposible o si)
  4. Nutrir el saber y el corazón como práctica cotidiana, porque para atender indicadores y dar justo valor a los cambios devenidos con la época se necesita conocimiento, profesionalidad y sobre todo una profunda actitud franciscana. (el saber)