Sobre la importancia de implementar estrategias innovadoras en el aula...
La
innovación se considera importante, reflexionada en tres sentidos coincidentes
con las dimensiones en las que actúa la tríada didáctica y esa confluencia, es
el indicio más claro de que –aunque compleja y laboriosa - es posible. Los
sentidos sociológico, epistemológico y pedagógico, están pensados desde la
responsabilidad que nos compete: Intervenir en la recuperación del sentido
social de la escuela (sentido sociológico).
Mediar con acierto para que el alumno construya conocimientos
organizados y culturalmente valiosos (sentido epistemológico). Sustentar las
praxis docentes en teorías significativas al
momento histórico que enmarca la realidad (sentido pedagógico).
Las
urgencias postergadas se juntan a las nuevas demandas educativas y mientras lo
discutimos, pasan generaciones enteras bajo la influencia escolar, en
muchísimos casos, dubitativa y descontextualizada. Existe un pensamiento
arraigado en prácticas áulicas conocidas como buenas, organizadas, seguras,
tomadas como modelo y reclamadas por quienes piensan – tal vez - que todo
tiempo pasado fue mejor, pero que en el campo de la didáctica obstaculizan la
aceptación del riesgo y los criterios innovadores necesarios. Los alumnos no
pueden desarrollar un pensamiento de nivel superior porque las actividades que
se les proponen favorecen solamente la transferencia de saberes que, como si
fuese poco, no logran insertarlos en la cotidianeidad más allá del ámbito
escolar.
Según Pea,
la gente crea e innova mientras actúa en diseños de inteligencia distribuida,
otros autores se refieren a una acción situada y distribuida.[i] Lo
cierto es que las estrategias que el docente idea parecen tener la clave,
estrategias que pueden generarse desde el centro o el borde del currículo, pero
en todos los casos deben ser implementadas con autonomía, en clases reflexivas
y contemplando un riguroso tratamiento del contenido. Implica tanto generarlas
de la inventiva personal o contextualizar, descontextualizar y re-contextualizar
aquellas que fueron efectivas en otro momento y se reconocen valiosas para
utilizar nuevamente. Además, se deben identificar puntualmente dentro del
proceso general y guardar coherencia en todas las instancias del dispositivo
pedagógico que las contiene, propiciando siempre la implicación de los alumnos.
Por último,
quiero mencionar el papel que juega la tecnología si de innovar se trata, no
solo porque forma parte de lo cotidiano del alumno y en este aspecto es
ineludible, sino también por el acceso a estudios científicos actualizados que
permite a los profesores sustentar criterios de trabajo, acceder a bancos de
recursos, y gestionar la continuidad de su formación profesional. De todos
modos, el chip no garantiza la práctica mejor de un docente; la diferencia no
es técnica sino cualitativa, criteriosa, estratégica.
[i] David Perkins,
Gavriel Salomón, Bárbara Rogoff, Ann Brown, Joseph Campione y Pilar Lacasa en “La
escuela inteligente” (1995). Barcelona.
GEDISA.


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